A Sebastián Sánchez
Ya en algún momento, en algún lugar, consideré a la amistad desde el punto de vista de la palabra: sería amigo, con este enfoque, aquél que cuenta con la facultad de decirnos eso que, en verdad, sabemos, pero que, no sin esfuerzo, venimos ocultándonos. El amigo interviene con su palabra, además, en el momento en que comienza a volvérsenos más acuciante la necesidad de saber aquello que -nunca será suficientemente subrayado- ya sabemos, pero que no. Huelga decir que el amigo acomete su tarea sin proponérselo: le nace, sin más, producto de la propia amistad y de una exquisita capacidad de observación, la materia prima básica de toda sensibilidad. El amigo interviene, entonces, como un tiempista preciso y sencillo, distante aunque cercano y cálido, siempre cálido en su sencillez profunda.
La amistad es la relación humana más inexplicable de todas, la más difícil de colonizar para el capitalismo. Mi amigo el Negro, cuyo nombre real develamos en el encabezado de este post, es dueño de una capacidad de amistad maravillosa y sobresaliente. Distingue y compara sin el menor esfuerzo la amistad y el amor, los señala y comprende enseguida, a primera vista; lee lo que le digo, cuando digo las cosas que sé pero me oculto, y me lo hace saber con una naturalidad pasmosa; escucha con un tipo de atención distinta las cosas que no deslizan por la superficie, sino las otras, las cavernarias, y las ordena y les da sentido con facilidad que asombra. Si fuera psicoanalista, mi amigo sería de los buenos.
Es tremendamente inteligente, además, claro. Es un privilegio enorme la amistad, hace casi 3 décadas. Acá, humildemente, la celebro. Hoy, encima, cumple años. ¡Salud!