viernes, 27 de noviembre de 2015

Que la inocencia te valga

A la amistad

Las recientes visitas a las sierras cordobesas y a la costa atlántica me dejaron, delante de los ojos, una idea permanente, una reflexión, pero de esas difíciles de agarrar, como brumosa. Le estuve dando vueltas y vueltas al asunto: estaba presente, claro, la temática de la amistad, esa entelequia extraña que los humanos producimos sin origen, sin destino y sin tiempo, y a la que, no obstante, nos entregamos plenamente, de la cual dependemos y gracias a la cual experimentamos casi todos los sentimientos posibles. Me rondaba, cómo no, la idea “con tercera dimensión” de Atahualpa, esa que dice que un amigo no es otra cosa que uno mismo pero en la piel de otro. Más acá en el tiempo, me vino a la mente ese vínculo fraguado entre primitivismo, sencillez y transparencia, que por momentos Sacheri logra identificar con precisión, quizás sobre todo en Papeles en el viento, y que atraviesa como un rayo la amistad masculina. En los últimos años, además, la experiencia personal me había dado el privilegio de entender, también, que un amigo es simplemente esa persona capaz de decir lo que uno no sabe y desconoce, en el momento en que uno no puede ni entiende, y encima en exclusividad: nadie salvo un amigo puede hacerlo. Pero tampoco esta idea lograba sacarle el velo a eso que yo sentía que tenía delante y que no podía agarrar.

Y así es como, para no hacerla más larga, esas horas sin más contenido que el de compartir presencias porque sí, me habían dejado pensando.

Y ahí estaba, dándole y dándole vueltas a la cosa, sin poder agarrarla. Sabía que estaba hecha con un poco de cada uno de los aspectos que iba identificando. Pero me impacientaba, pasaban las semanas y los días y no terminaba de volvérseme claro el asunto. Hasta que por fin vino a mí la palabra omnipotente, la que le daba cuerpo a mi sensación: inocencia. La amistad masculina es, entre y sobre todas las cosas, un asunto de inocencias.


No pide nada y no tiene nada para ofrecer. No busca nada ni tiene nada que encontrar. Va, vive y persiste, por la inocencia de los que la cultivan. Es fascinante, además, porque ocurre sin el concurso de la voluntad de los inocentes, sin que siquiera tengan la menor idea de que, efectivamente, la amistad está ocurriendo.

jueves, 30 de julio de 2015

El arte: ni martillo ni espejo. Shakespeare y La violación de Lucrecia en la actualidad

Publicado en www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda




“¿Por qué violan los reyes sus propias ordenanzas?”

William Shakespeare, La violación de Lucrecia


El arte: ni martillo ni espejo. Shakespeare y La violación de Lucrecia en la actualidad

La experiencia de estar presente en el mismo espacio físico en el que Nuria Espert1 representa los 1855 versos que componen La violación de Lucrecia, es algo difícil de transmitir. Por lo pronto quizás sea atendible pensar que, si como sostiene incansable Mauricio Kartun, el teatro no es ni más ni menos que la presencia de un cuerpo conmovido ocupando un espacio, bañado por una luz, y es allí donde yace el carácter eterno de su vigencia, pues bien, la combinación del poema shakesperiano y el trabajo de la notable Espert redunda en algo bastante próximo a la idea del teatro en su más plena expresión.

La violación de Lucrecia, poema escrito por un joven Shakespeare en 1594, narra la historia mítica que dio lugar al final de la monarquía y a la fundación de la república en Roma, en el siglo VI a.C. El príncipe etrusco Sixto Tarquino, general del ejército, aprovecha su poder y el estado de indefensión en que se encuentra Lucrecia, sola y de noche en su habitación, para violarla. La belleza, inteligencia y castidad de la joven víctima son los argumentos que expone el victimario para culparla, según reflexiona, por no poder evitar la pulsión de avanzar sobre ella y forzarla violentamente. Los hechos se desencadenan de forma arrolladora y derivan en el suicidio de Lucrecia, presa de la culpa y la deshonra. Este hecho brutal, bajo el amparo político del rey, constituyó el punto cúlmine en la desaprobación popular hacia los Tarquino, dando lugar a una serie de revueltas, aprovechadas por Lucio Bruto, opositor político a la familia real, pariente de Lucrecia y amigo del viudo Lucio Colatino, proceso que terminó con la expulsión de los Tarquino de Roma y el origen de la República.

El monumental y desgarrador poema, escrito en verso, aborda de manera entrecruzada la relación existente entre el abuso de poder, la decadencia moral de los gobiernos y el correlato político inevitable de la ira popular; y los asuntos humanos más hondos y oscuros, como la ambición de poder, la culpa, el oprobio, la humillación, en esencia, el desdén por la mujer. En la impunidad del poder político, la violencia contra la mujer encuentra un aliado perfecto, todo lo cual queda retratado crudamente por el gran poeta, quien no ahorra en largas imágenes de violencia explícita, de apariencia por demás moderna.

En la puesta de Nuria Espert durante los meses de mayo y junio en el porteño Teatro San Martín, en una sala en condiciones deplorables, con dirección de Miguel del Arco y traducción de José Luis Rivas Vélez, la actriz se multiplica para encarnar tanto al narrador como a Lucrecia, Tarquino, Colatino y Bruto. Se trata de una obra maestra de la concepción actoral desplegada a lo largo de los casi 80 minutos que dura la obra, alternando entre los extremos de la angustia, el dolor, la lujuria, la lascivia, la ira y la venganza. El paso frenético de un estado emocional al otro es albergado por la propia subjetividad de Espert, a quien el recorrido pleno por el conjunto de los estados de ánimo le toma lo que, al común de los mortales, un abrir y cerrar de ojos.

La obra en su condición de arte

La consideración de la mujer como un objeto para la satisfacción de los deseos del hombre, más aún como mera propiedad (“El deseado dulce, en ácido se torna, desde el mismo momento en que lo llamamos nuestro”, dice Lucrecia), tan necesariamente en discusión en los tiempos que corren, tiene sus raíces en la larga y penosa historia humana. Por caso, en la magistral y vanguardista denuncia de Sor Juana Inés de la Cruz con su “Hombres necios que acusáis, a la mujer sin razón”, se retrata la deshonra que debía cargar la mujer violada, y su descendencia, ya como un asunto extendido y presente desde tiempos inmemoriales. Los femicidios de hoy tienen un origen tan antiguo como la historia humana escrita.

Por su parte, la doble moral de los gobernantes también cuenta con una larga historia: tanto como la de las clases sociales. En el poema de Shakespeare la degeneración de la familia real aparece como una abominación inconcebible: esos individuos que parecieran colocarse por encima de los intereses sociales para velar por ellos, administrar el bien común y hacer gala de su honradez y vocación de servicio, constituyen en verdad desalmados criminales dedicados a abusar de su poder e impunidad, “rodeados de podredumbre” como considera la propia Espert.

Lo que Shakespeare logra en su poema es, como tantas otras veces, la trascendencia histórica de la obra de arte, en el momento exacto en que logra captar e inmortalizar quizás la forma más trágica y universal del drama humano: la violencia contra la mujer, amparada, cuando no promovida, desde el poder político. Hace 2600 años, en el siglo XVII o en la más actual de las realidades (¿qué es sino la aún criminal negativa del derecho al aborto?), la situación social de la mujer presenta algunas continuidades propias de la barbarie. Si bien Shakespeare no se propone elaborar una denuncia directa, es cierto que tampoco se posiciona desde el lugar de la prescripción social o la receta. La violación de Lucrecia se encuentra más cerca de la definición que hiciera Trotsky en Literatura y revolución, cuando sostenía que al arte no hay que considerarlo “como martillo ni como espejo”. Su función no se centra en la transformación de la realidad según su gusto ni tampoco en reflejarla a secas, sin más, sino que de lo que se trata es de lograr una representación estética de los grandes dramas de la historia humana en general, combinación última entre las condiciones sociales de las cuales la obra es producto y la propia subjetividad del artista. Y en particular en la imbricación que se produce cuando las más desgarradoras tragedias individuales se proyectan socialmente. Y viceversa.

La venganza popular suscitada por la violación de Lucrecia se convertiría en el símbolo de la rebelión contra el despotismo de la Monarquía romana, y como tal, en la inspiración de decenas de obras de arte que siguen constituyendo parte de las fuentes del relato mítico histórico. Es probable que el poema de Shakespeare represente la pieza de oro en la narración de la tragedia de Lucrecia como uno de los símbolos universales de la violencia hacia la mujer, pero entre los ilustres que abordaron desde distintas formas del arte el mismo drama se encuentran Dante, Maquiavelo, Sor Juana Inés de la Cruz, Durero, Rembrandt, Tiziano, Rafael, Botticelli, etc.

Como escribió Andrea D’atri en diciembre del año pasado, para el número 16 de Ideas de Izquierda, el mandato patriarcal se escribe con sangre. A pesar de las enormes conquistas alcanzadas por las mujeres en el último siglo y medio, la constante de la violencia y la consideración como objeto hacia las mujeres tiene una historia larga que resulta cada vez más urgente terminar. La obra de Shakespeare en la interpretación de Espert no hace más que confirmar tal necesidad.


1. Barcelona, 1935. Hija de actores de teatro callejero, en un barrio de inmigrantes del cordón obrero de la ciudad. Actriz de teatro y cine, directora de ópera. Una de las figuras más destacadas de la escena española y del teatro occidental. Interpretó a Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Miller, Brecht, Sartre, Casona, Chejov. En esta puesta encarna, a sus 80 años y durante 75 minutos sin cortes, a cuatro personajes más el narrador. En 2003 fue una de las primeras y principales figuras del arte español en movilizarse contra la invasión norteamericana en Irak. Considera al teatro “una muleta para una sociedad que sufre”.

lunes, 20 de julio de 2015

La humana necesidad de construirse

El misógino homofóbico se hace pasar por profundo y punzante intelectual.
Y le creen.

Una conciencia retrógrada y ponzoñosa dice que es izquierdista y liberal.
Y le creen.

El cheto insolente juega al pensador crítico, impío y voraz.
Y le creen.

Un editor mercenario, estalinista y despótico, juega al científico implacable.
Y le creen.

El mercader, ese viejo parásito, se siente un benefactor de la humanidad.
Y le creen.

Así las cosas.

El tonto nunca puede oler al diablo.

Y así seguirán, las cosas.

Y vos buscando quién sabe qué, pero con honestidad. 

martes, 16 de junio de 2015

Nobody can save you

"Limítate a mirarlos. Escúchalos. ¿Quieres ser así?", brama el viejo Bukowski en el verso más álgido del poema Nadie sino tú (Nobody can save you, en el original inglés). Esa poesía, junto a Lanza los dados (Roll the dice) constituyen, desde el punto de vista del autor de este blog, la "flor y la nata" de la filosofía bukowskiana.

De apariencia misántropa, ambos poemas son un auténtico anti manual de autoayuda, aunque pueden terminar ayudando a más de un lector, pero en este caso en serio. De lo que se trata es de ubicar al sujeto en el centro de sí mismo, recordándole que es él mismo el único con quien cuenta, en definitiva. Dicho de otra manera: se trata de recordar, mediante el único camino posible -la sinceridad-, que la única llave maestra la acarrea uno aunque, claro, no esté consciente de ello.

En épocas en que la angustia, considerada por Kierkegaard como el vértigo de la libertad, parece frenarlo todo, oscurecerlo todo, estropearlo todo con ese insoportable sabor a desengaño, la recuperación de Bukowski puede ser mucho más que reconfortante: puede ser útil.

Lo que reluce misántropo y soberbio, oculta en verdad una voluntad radicalmente humanista: la de subjetivar al individuo objeto, al individuo presa, al individuo nada. Víctima del sistema, de los demás y de sí mismo. En ese orden, de adelante hacia atrás o de atrás hacia adelante, pero víctima al final.

Son poesías de lectura pausada y de cadencia espiritual. Como si el propio arte quisiera sacudir amablemente a ese otro que vive adentro nuestro, que quién sabe por qué, se dejó avasallar, y tanto.

Se trataría, según Bukowski, de "lo único por lo que vale la pena luchar".




jueves, 21 de mayo de 2015

Hijo de un cariño encontrado o de un cariño que se va a encontrar



PALABRAS A UN NIÑO ANTE LA NOTICIA DE UN FALLO (tomado del muro de FB de Luis Pescetti)


Querido niño: Mirá pichón, después de unos adultos malos, tuviste la mala suerte de que unos jueces, que debieron cuidarte, se equivocaran tanto al tomar una decisión. Pero esto se corregirá.

Eso no quiere decir que toda la justicia es tan mala o tan bruta.

Ni el más enojado querría que vos creas eso.

El mundo es mucho mucho más grande que ellos y vos tenés derecho a vivir libre de miedo y enojo. Y crecer sabiendo que la vida es más ancha y buena que esos días.


La gran mayoría de las personas sabemos que si alguien está lastimado o es más débil, hay que cuidarlo más todavía.

Los que quitan cuidado a quienes más lo necesitan están muy equivocados o no son buenas personas... pero no son las únicas ni la mayoría. Y se corrige, con trabajo, pero se arregla.


A veces uno no sabe si es hijo de un cariño que se encontró o de un cariño que se va a encontrar.


Todos tuvimos papá y mamá, pero puede que un día conozcamos a alguien y lo queramos tanto que sintamos "Nací para vos", que es como decir: "Nací por ustedes" pero para adelante. Y entonces es como si uno fuera el hijo de ese amor que se encontró de grande, y que ilumina toda nuestra vida, ¡incluso la que ya vivimos!


No te conozco así que no sé de qué cariño sos hijo, si te cobija un cariño abuela, un cariño escuela, o vas a un amor que, como un explorador, encontrarás de más grande.


Pero de todo corazón, creo que vas a ser mejor que esas personas. ¿Por qué?, porque los que se superan son más, y porque así lo intuyo (no tengo otra explicación).


Vas a ser capaz de dar más cuidado, inteligencia y alegría de la que recibiste estos días. Y vas a poder abrazar con amor, incluso al chiquitín que sos hoy.


Ya sé que puede sonar raro dicho así; pero te juro que es cierto; y ojalá tengas un adulto de confianza, o una maestra, alguien bueno, que te haga llegar este abrazo y mejore mis palabras.


Con mucho afecto te saludo como el profe de música que fui,

el papá que soy y, en fin, como quien supo de vos, y te escribe.


Luis Pescetti

domingo, 10 de mayo de 2015

Sueño de la mujer doliente

El cuerpo encogido, duele. 

El cuello, duele.

La espalda, duele 

El alma, duele. 

Duelen los recuerdos que dolieron ayer. 

Duelen los velorios, duelen los entierros y duelen los duelos, 

cómo no van a doler si se llaman así.

Duelen porque viven. Duelen en los vivos.

A los vivos.

A los buenos.

A los nobles.

A los inocentes.

A los sensibles.

A los transparentes.

A vos, en tu belleza magnánima, onírica y de terciopelo, te duele.

No podría ser de otra forma.

Pero pasará.

Siempre. 

Siempre pasará. 





Concepto

El relato está delante tuyo. Se mueve solo, sin influjo exterior, como el viejo Concepto hegeliano.

De lo que se trata es de hacerle honor.

Una mezcla de Bukowski, Sabina y tu papá, aunque en envase pequeño, se rasca la panza con los ojos tiesos en la copa de vino. Busca en ella lo que la vida le arrebató. Un señor grande, híbrido de Salvador Allende, Alfonsín y busto escolar, se mece en la silla desvencijada y adivina, detrás de sus gafas entre las volutas de su tabaco, que escribo sobre él. Una señora alta, de mirada nórdica, a mitad de camino entre Sarah Connor y Martina Navratilova, fija su vista en el vacío esencial en que se encuentra su alma.

El Bukowski sabinoso se queda dormido. Cae al piso. El estruendo es inconfundible. Es el universal concreto. Son las 14 horas y está muerto.

miércoles, 8 de abril de 2015

El mapa del tesoro

De pronto, sin preaviso, la palabra escrita, unos bytes apilados en una pantalla de vieja notebook, te desinflan. El cuerpo se desmorona, parece vaciarse de golpe. La cabeza se desploma y los brazos ni piensan en la posibilidad de levantarse.

Es el amor, dice Borges.

Pero, en esta oportunidad, ahora, no hay que ocultarse ni huir. La mera idea te resulta intelectualmente insoportable, te hacés preguntas que toda tu vida contestaste con imperturbable certeza negativa y, ahora, extrañamente quedan abiertas. Hasta te parecen contestables por la positiva. Te negás, no obstante, a volverte un tonto agnóstico. Pero te gobierna, el estado entero de tu cuerpo (¿es en el cuerpo?), te gobierna. No sabés qué hacer. 

Alguien dentro y lejos te dice qué hay que hacer. Usa pocas palabras, precisas, perfectas. No está solo: lo acompañan los de siempre, se juntaron (¿cuándo?) para la ocasión. Se vistieron, con lo mejor que tenían, para la ocasión. Entre humos sonríen, te conocen y te quieren. Te ayudaron a ser quien sos. Te decís que, como toda la vida, les vas a prestar atención. No es el momento de mudar confianzas, menos con ellos.  

Y amás.





domingo, 5 de abril de 2015

Bukowski y la confirmación nunca tardía de que "están todos jodidos"

escéptica proclama solitaria 

Misógino. Misántropo. Sexópata. Pervertido. Borracho. Pendenciero. Rebelde. Antisocial. Provocador. Etcétera eterno.

Nada, absolutamente nada de lo que se dice, festeja, exalta de él, era. El mundo, y en él te incluís vos, y vos y también vos, se ha quedado con la cáscara. Saboreando la pelusa, el mundo cree estar disfrutando de la fruta. Pues bien, es hora de decirlo (alguien tiene que hacerlo, y él ya no puede): están equivocados. El tipo no era su superficie, como nadie lo es, en definitiva, aunque las relaciones humanas sean, más que nunca, relaciones entre pelusas. Lo trágico es que algunos tienen tanto fondo que dedican su vida a cubrirlo porque, de lo contrario, no podrían vivirla. En ocasiones, esporádicas, el fondo aparece, pero tan recubierto de la maleza exaltada y festejada, que se pierde en ella. 

Al decir del propio Bukowski, si es eso lo que entendieron de todo el asunto, si es eso con lo que se quedaron, en fin "están todos rematadamente jodidos". Se quedaron con lo descartable, con la excusa, con el ruido. Se perdieron al humano, se perdieron como humanos, están perdidos. 

La mirada, la "tercera dimensión", el sincericida, el pensador, el humanista, el boxeador, todos reunidos en el poeta. Están todos ahí, sí, esperando, en soledad, y saturados de cosas para decir. 

Y nadie llega, y nadie busca siquiera el camino.


miércoles, 1 de abril de 2015

El viento en un violín



La comunión de los fracasados. Los desangelados. Los que no encuentran la manera de vivir (como si alguien la encontrara).

La patética necesidad de compartir la tragedia del desastre singular con los iguales, los desastrosos, los ni siquiera.

La indecible necesidad humana de estar con otros, de compartir porque sí lo que uno no es y no será.

Lo humano sin miedo sin máscaras sin épicas ni éticas ni adornos.  

La luminosa sombra de Dostoievski, el mejor pintor del alma desgarrada, presente, un siglo y medio después.

sábado, 28 de marzo de 2015

La plenitud de la propia compañía.




Una computadora. Conexión a internet.

Pasolini en compañía de Lou Reed.

O de Leonard Cohen. O de Nick Drake. O de Neil Young. O de Sam Beam.

O de Tom Petty.

La agresiva y paciente complicidad del mate.

El canto de los grillos recién levantados,

las lanzas cristalinas e imperecederas del sol haciéndole cosquillas al pasto.

La perra y su humana mirada.

El otoño, la estación soberbia.



Y Pasolini y sus cartas luteranas y la crítica de la crítica, crítica.




lunes, 23 de marzo de 2015

Limpieza



A él, ella le resultó, siempre, interesante. Desde tiempos remotos, antes incluso de saber de su existencia. Le prestaba atención, se detenía en sus problemas y dolores, no podía dejar de pensar en ella. ¿Por qué? Porque ella le limpia la mierda a la burguesía, sostenía él, con la seriedad que sólo portan los soldados en guerra. No necesitaba más para justificar la naturaleza, por lo demás inusual,de su atención hacia ella.

Con el tiempo, ella fue tomando forma. Apareció. Por supuesto, el interés de él se mantuvo intacto, quizás algo más profundo aún, aunque en lo sustancial no había variado: se conservaba idéntico.

Poco a poco, ella fue manifestando su acuerdo con las ideas de él aunque, paradójicamente, nunca intercambiaran impresiones sobre las mismas, no hubieran conversado, siquiera, en alguna oportunidad acerca de los problemas de la vida, de la muerte, del amor, del dolor y la alegría. No obstante la distancia aparente, lo concreto es que el tiempo transcurrió y que aquel acuerdo al que ella arribó, la condujo a la decisión de empezar a militar. Por las mismas ideas de él. Ante este nuevo cambio, el lector ya lo percibe, el interés de él por ella se mantuvo invariable: es que ella, claro, le limpia la mierda a la burguesía.

Transcurrido un tiempo sin tiempo, ella percibió un límite determinante. Tuvo que alejarse de la militancia por aquellas ideas, las ideas de él, con quien apenas se había estrechado las manos alguna vez. Este nuevo cambio no supuso la menor modificación en el interés que él profesaba por ella: al contrario, estaba más vigente y vivo, quizás, que al principio. Todo se encontraba exactamente igual. Es que ella... sí, ella limpia la mierda de la burguesía.

Él no está más. Pero no quiso irse sin rendir homenaje al interés, inusual, que ella le despertó, siempre, antes, durante y después. Ella nunca es sola. No puede serlo. Ella es, siempre y necesariamente, ellas. Es por eso que la recordó, y se lo hizo saber, en su día, el 8 de marzo último. Fue el único de los suyos, y fue la última vez. Es obvia la razón: ella limpia la mierda de la burguesía.

17 de marzo de 2015.