lunes, 30 de octubre de 2017

45 días

Milena cambia, casi a diario. Aprende pequeñas cosas todo el tiempo. Se concentra por espacios breves en las cosas de la vida que verdaderamente importan: los sonidos, las luces, los colores. Y todos combinados, también. Hace 45 días que lo hace. Es chiquitita, debe estar acercándose a los 4 kilos, pero está llena de energía, como un big bang pelado y cachetón.

Lo que Milena hizo sin saberlo es llenar nuestra vida de colores. No es que antes no los hubiera, no: pero se llenaron de luz y de formas. Otros son nuevos. Y bailan.

Quizás la paternidad sea eso, también: una nueva forma del color, que uno no sabía siquiera que existía.

Sigo pensando en lo que somos, nosotros, los humanos. Somos esa  fascinación primera por lo importante (sonidos, luces y colores) que anulamos al crecer porque lo que nos cuestan son, siempre, las cosas bellas.

jueves, 26 de octubre de 2017

Hija

Te miro crecer todos los días. A veces crecés a lo largo de un mismo día. Todo te interesa; todo es inaugural: los colores, los sonidos, los olores, las formas. Todo lo que te pasa hace que nos pase, a papá y a mamá, como de nuevo: es como empezar a vivir otra vez, pero más lindo. Volvemos a empezar el viaje, con las ganas intactas, pero de a tres. 

lunes, 9 de octubre de 2017

24 días

Milena mira como puede, sobre sus manitos, sobre las mantitas, sobre el mundo que se le tira encima y quiere todo de ella. Mueve sus manitos con estilo, a veces al compás de sus piernitas, trata de mover todo el cuerpo, abre la boca, los ojos enormes y azulados, hace ruiditos, reclama como puede. Le gusta la música, la tranquiliza, pareciera sentir cierta inclinación por Charly, Silvio Rodríguez y los Beatles. Tal vez se trate simplemente del deseo del padre que, como el mundo, quiere todo de ella.

Impresionante la especie de la que formamos parte, al nacer: somos chiquititos, frágiles, un cúmulo de limitaciones y necesidades. La evolución y la selección natural, evidentemente, lo compensan con lo que viene después, que es privativo de nosotros y de nadie más: transformamos lo que nos rodea, y podemos ver esa transformación antes de que ocurra, en la cabeza.

Yo, que en 34 años jamás me reconocí nada, nunca se me ocurrió felicitarme (más bien me reproché, y lo sigo haciendo) siento por primera vez algo distinto, una novedad en el cuerpo: tal vez sea eso, la sensación extrañísima de haber hecho algo, alguna vez, bien.