Hace 6 meses mi vida cambió, para siempre. Nació Milena, fui papá, ella tiene mi apellido. Nada se parece al amor que me despierta Milena. Ya lo escribí en otras oportunidades, pero acaso sea importante machacar sobre el asunto: nada se le parece. Y nada es mejor, nada es así, como ocurre, sin mediación, sin afectación. Nada que yo conozca, por lo menos.
Todavía es 24 de marzo. Es el primer 24 que comparto con ella. Es el primero de ella, por ende. Desde el día anterior algo se agitaba dentro mío. Acaso sean las connotaciones de la fecha: 1) mi papá fue setentista, pero no conoció a su nieta; 2) la sociedad que parió el golpe del 76, está viva y saludable; 3) algo de aquella luz de hace más de 40 años (que también, quizás, fue la de mi papá) se recrea, cada 24, bajo formas nuevas y en otras escalas, pero lo hace; 4) porciones monumentales de la antigua epopeya están aún enfundadas en sus pañuelos, cercanas a los 100 años, peleando causas justas, como si no hubiera un mañana; 5) los ojos de Milena se asutaron, algo, ante la magnitud y el sonido "del 24"; pero son ojos de bebé, ojos de mujer de un siglo XXI que la espera, paciente e inquieto, a la vez. Quiere conocerla.
Los 24 de marzo nunca son indolentes. Guardan consigo la carga de la historia, en el momento exacto en el que cruza y mezcla, hasta indiferenciar, lo colectivo de lo individual, lo pasado con el presente y con lo que vendrá. Eso es el 24 de marzo: el todo en la parte, y su continuidad en la generación de nuestros hijos, que harán lo suyo, a su manera y como puedan, aunque seguro mejor, mucho mejor que nosotros.