De pronto, sin preaviso, la palabra escrita, unos bytes apilados en una pantalla de vieja notebook, te desinflan. El cuerpo se desmorona, parece vaciarse de golpe. La cabeza se desploma y los brazos ni piensan en la posibilidad de levantarse.
Es el amor, dice Borges.
Pero, en esta oportunidad, ahora, no hay que ocultarse ni huir. La mera idea te resulta intelectualmente insoportable, te hacés preguntas que toda tu vida contestaste con imperturbable certeza negativa y, ahora, extrañamente quedan abiertas. Hasta te parecen contestables por la positiva. Te negás, no obstante, a volverte un tonto agnóstico. Pero te gobierna, el estado entero de tu cuerpo (¿es en el cuerpo?), te gobierna. No sabés qué hacer.
Es el amor, dice Borges.
Pero, en esta oportunidad, ahora, no hay que ocultarse ni huir. La mera idea te resulta intelectualmente insoportable, te hacés preguntas que toda tu vida contestaste con imperturbable certeza negativa y, ahora, extrañamente quedan abiertas. Hasta te parecen contestables por la positiva. Te negás, no obstante, a volverte un tonto agnóstico. Pero te gobierna, el estado entero de tu cuerpo (¿es en el cuerpo?), te gobierna. No sabés qué hacer.
Alguien dentro y lejos te dice qué hay que hacer. Usa pocas palabras, precisas, perfectas. No está solo: lo acompañan los de siempre, se juntaron (¿cuándo?) para la ocasión. Se vistieron, con lo mejor que tenían, para la ocasión. Entre humos sonríen, te conocen y te quieren. Te ayudaron a ser quien sos. Te decís que, como toda la vida, les vas a prestar atención. No es el momento de mudar confianzas, menos con ellos.
Y amás.
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