El relato está delante tuyo. Se mueve solo, sin influjo exterior, como el viejo Concepto hegeliano.
De lo que se trata es de hacerle honor.
Una mezcla de Bukowski, Sabina y tu papá, aunque en envase pequeño, se rasca la panza con los ojos tiesos en la copa de vino. Busca en ella lo que la vida le arrebató. Un señor grande, híbrido de Salvador Allende, Alfonsín y busto escolar, se mece en la silla desvencijada y adivina, detrás de sus gafas entre las volutas de su tabaco, que escribo sobre él. Una señora alta, de mirada nórdica, a mitad de camino entre Sarah Connor y Martina Navratilova, fija su vista en el vacío esencial en que se encuentra su alma.
El Bukowski sabinoso se queda dormido. Cae al piso. El estruendo es inconfundible. Es el universal concreto. Son las 14 horas y está muerto.
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