Las
recientes visitas a las sierras cordobesas y a la costa atlántica me
dejaron, delante de los ojos, una idea permanente, una reflexión,
pero de esas difíciles de agarrar, como brumosa. Le estuve dando
vueltas y vueltas al asunto: estaba presente, claro, la temática de
la amistad, esa entelequia extraña que los humanos producimos sin
origen, sin destino y sin tiempo, y a la que, no obstante, nos
entregamos plenamente, de la cual dependemos y gracias a la cual
experimentamos casi todos los sentimientos posibles. Me rondaba, cómo
no, la idea “con tercera dimensión” de Atahualpa, esa que dice
que un amigo no es otra cosa que uno mismo pero en la piel de otro.
Más acá en el tiempo, me vino a la mente ese vínculo fraguado
entre primitivismo, sencillez y transparencia, que por momentos
Sacheri logra identificar con precisión, quizás sobre todo en
Papeles en el viento, y que atraviesa como un rayo la amistad
masculina. En los últimos años, además, la experiencia personal me
había dado el privilegio de entender, también, que un amigo es
simplemente esa persona capaz de decir lo que uno no sabe y
desconoce, en el momento en que uno no puede ni entiende, y encima en
exclusividad: nadie salvo un amigo puede hacerlo. Pero tampoco esta
idea lograba sacarle el velo a eso que yo sentía que tenía delante
y que no podía agarrar.
Y
así es como, para no hacerla más larga, esas horas sin más
contenido que el de compartir presencias porque sí, me habían
dejado pensando.
Y
ahí estaba, dándole y dándole vueltas a la cosa, sin poder
agarrarla. Sabía que estaba hecha con un poco de cada uno de los
aspectos que iba identificando. Pero me impacientaba, pasaban las
semanas y los días y no terminaba de volvérseme claro el asunto.
Hasta que por fin vino a mí la palabra omnipotente, la que le daba
cuerpo a mi sensación: inocencia. La amistad masculina es, entre y
sobre todas las cosas, un asunto de inocencias.
No
pide nada y no tiene nada para ofrecer. No busca nada ni tiene nada
que encontrar. Va, vive y persiste, por la inocencia de los que la
cultivan. Es fascinante, además, porque ocurre sin el concurso de la
voluntad de los inocentes, sin que siquiera tengan la menor idea de
que, efectivamente, la amistad está ocurriendo.
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