viernes, 27 de noviembre de 2015

Que la inocencia te valga

A la amistad

Las recientes visitas a las sierras cordobesas y a la costa atlántica me dejaron, delante de los ojos, una idea permanente, una reflexión, pero de esas difíciles de agarrar, como brumosa. Le estuve dando vueltas y vueltas al asunto: estaba presente, claro, la temática de la amistad, esa entelequia extraña que los humanos producimos sin origen, sin destino y sin tiempo, y a la que, no obstante, nos entregamos plenamente, de la cual dependemos y gracias a la cual experimentamos casi todos los sentimientos posibles. Me rondaba, cómo no, la idea “con tercera dimensión” de Atahualpa, esa que dice que un amigo no es otra cosa que uno mismo pero en la piel de otro. Más acá en el tiempo, me vino a la mente ese vínculo fraguado entre primitivismo, sencillez y transparencia, que por momentos Sacheri logra identificar con precisión, quizás sobre todo en Papeles en el viento, y que atraviesa como un rayo la amistad masculina. En los últimos años, además, la experiencia personal me había dado el privilegio de entender, también, que un amigo es simplemente esa persona capaz de decir lo que uno no sabe y desconoce, en el momento en que uno no puede ni entiende, y encima en exclusividad: nadie salvo un amigo puede hacerlo. Pero tampoco esta idea lograba sacarle el velo a eso que yo sentía que tenía delante y que no podía agarrar.

Y así es como, para no hacerla más larga, esas horas sin más contenido que el de compartir presencias porque sí, me habían dejado pensando.

Y ahí estaba, dándole y dándole vueltas a la cosa, sin poder agarrarla. Sabía que estaba hecha con un poco de cada uno de los aspectos que iba identificando. Pero me impacientaba, pasaban las semanas y los días y no terminaba de volvérseme claro el asunto. Hasta que por fin vino a mí la palabra omnipotente, la que le daba cuerpo a mi sensación: inocencia. La amistad masculina es, entre y sobre todas las cosas, un asunto de inocencias.


No pide nada y no tiene nada para ofrecer. No busca nada ni tiene nada que encontrar. Va, vive y persiste, por la inocencia de los que la cultivan. Es fascinante, además, porque ocurre sin el concurso de la voluntad de los inocentes, sin que siquiera tengan la menor idea de que, efectivamente, la amistad está ocurriendo.

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