Si fuera el sentido común
-ni el fetiche mercantil
ni el inconsciente-
el que rigiera la vida de las personas
bastaría con considerar,
incluso a la ligera,
el rostro de la gente
en la calle
y tenerlo, firmemente,
como sobrado argumento
para organizarnos
¡cuanto antes!
de una manera mejor
distinta
de la capitalista.
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