Milena mira como puede, sobre sus manitos, sobre las mantitas, sobre el mundo que se le tira encima y quiere todo de ella. Mueve sus manitos con estilo, a veces al compás de sus piernitas, trata de mover todo el cuerpo, abre la boca, los ojos enormes y azulados, hace ruiditos, reclama como puede. Le gusta la música, la tranquiliza, pareciera sentir cierta inclinación por Charly, Silvio Rodríguez y los Beatles. Tal vez se trate simplemente del deseo del padre que, como el mundo, quiere todo de ella.
Impresionante la especie de la que formamos parte, al nacer: somos chiquititos, frágiles, un cúmulo de limitaciones y necesidades. La evolución y la selección natural, evidentemente, lo compensan con lo que viene después, que es privativo de nosotros y de nadie más: transformamos lo que nos rodea, y podemos ver esa transformación antes de que ocurra, en la cabeza.
Yo, que en 34 años jamás me reconocí nada, nunca se me ocurrió felicitarme (más bien me reproché, y lo sigo haciendo) siento por primera vez algo distinto, una novedad en el cuerpo: tal vez sea eso, la sensación extrañísima de haber hecho algo, alguna vez, bien.
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